domingo, 15 de mayo de 2011

(Mis) Cinco libros fundamentales, vol. 3



Incluye "breve" disertación sobre el eterno debate entre fondo y forma. Cuestión profundamente ligada a la obra "Luces de Bohemia", de la que trata a fin de cuentas este post.





Ser español es una de las cosas más extrañas que te pueden pasar en la vida. Ser español es cargarse a la espalda tres mil años de historia, de derrotas, de cainismo. Tres mil años de hacer de tripas corazón, de no recular o de tragarse los cojones. Ser español es una paradoja, es vivir una pelicula de José Luis Cuerda, es minusvalorarse, aceptar complejos heredados y vivir bajo el más estricto de los chovinismos.

Lo mejor de ser español es que junto con la nacionalidad, al nacer te regalan la posibilidad de aprender el idioma más maravilloso del mundo. Un arma con una capacidad de evocación comparable al cuerpo de Heidi Klum.

Si no fuese porque nos va demasiado el rollo de Nazareno autoflagelante, ser español sería la hostia. A fin de cuentas, es poder leer a Cervantes, a Quevedo, a Borges, a Cortázar, a Neruda, a Aleixandre, a Lorca y a Valle en versión original.

Lo mejor que ha dado España es el español, el español y Goya. Y hace un siglo, Valle decidió mezclar una cosa y la otra para crear el esperpento.

El esperpento es un juego de fondo y forma. Lo que sirve también para zanjar el duelo que tenía a las plumas de nuestra literatura enfrentadas desde los tiempos de Góngora.

¿Fondo o forma?

Cervantes optó por el cómo; es una reflexión que solemos obviar pero Cervantes era culteranista. La novela moderna bebe de dos fuentes, de dos genios como son Cervantes y Shakespeare, cada uno aporta lo que le toca aportar: Shakespeare los personajes, los temas, el eje, desarma al ser humano. Shakespeare introduce en la literatura la importancia de la psicología, del fondo, por encima de la forma.

Cervantes sin embargo revoluciona la forma, da significado al verbo narrar y convierte al narrador en artista, en un titiritero que danza con las palabras, que juega con el lenguaje. Cervantes en el Quijote recapitula, crea distintas visiones del mundo (pensemos en la Dulcinea, dulce dama y basta campesina) que enfrentan el punto de vista de los personajes. Hay metaficción, el propio Cervantes sale en el Quijote trescientos años antes de que se le ocurra a Unamuno hacer lo propio en Niebla.

Pero reconozcámoslo, no hay una trama creativa, no hay un fondo, un “algo” que quiera contarnos el autor. Cervantes se limita a crear a un personaje que (si bien es innegablemente inmortal, carece de motivaciones, es cierto que Cervantes soluciona esto imbuyendo de irracionalidad la conducta del hidalgo pero afrontémoslo...) se limita a campar por el mundo y a despertar en quienes le rodean disparatados contrastes.

Tenemos pues un autor que revoluciona la forma. Este país siempre ha sabido engendrar grandes “embaucadores”, narradores que saben crear atmósfera y jugar con las posibilidades de la letra escrita.

Tenemos de forma innata el “cómo”, nos falta el “qué”.

O eso pensabamos hasta que un poeta bravucón decide reivindicar el fondo inherente a todo español. Es un hombre lanzado, poco dado a ademanes compasivos, un castellano de esos que nos hicieron a base de pólvora y huevos ser los dueños de medio mundo.

Se llama Francisco de Quevedo y entiende que lo único digno que puede contar un español parte precisamente de esa riqueza léxica. Usará el ingenio, los juegos de palabras y los retruecanos, no como papel de celofán que envuelva sus flechas, sino como silex y yesca que encienda su mosquete.

Quevedo escribe para hacer daño. Para transgredir, para quejarse y para intentar que las cosas cambien.

Y entonces va Góngora, que viste lencería de mujer y tiene una nariz que no se la merece y lo tacha de zafio y desleal. “Siempre podrá usía, con gran alegría, agacharse con reverencia y chupar con maestría” le contesta Don Francisco, que gusta de insultar a quien le toca los cojones.

Pero el debate está abierto, y es una muestra más de como nos las gastamos en este país, creamos una polémica, una duda entre si darnos por entero al cómo o al qué, si entregarnos a la realidad o al simbolismo, al concepto o al lazo que lo cubre. Tenemos el combustible inagotable de nuestro idioma pero dudamos de si ponerlo al servicio de un tractor o de una noria.

Cervantes mientras se parte el ojete en su tumba.






Igual que el jovén Ramón. Ramoncín que lo llamaban antes de perder el brazo. Otro poeta de lirismo inguinal y mala hostia evangélica, bravucón como Quevedo y amante de la lencería fina como Gongora.

“Eu vin, viu e venceu”. Comenta Valle, amante a ultranza de los latinismos, pues se ha dejado el culo leyendo todo lo que ha dado está casa de locos que tenemos por nación y entiende que la sátira la invento Séneca, que si bien aun no hablaba en castellano tenía deje andaluz.

Valle sabe que no hay debate, que el fondo es claro, lo único que podemos hacer con un arma como nuestro idioma es criticar, a nosotros, a quienes nos rodean y sobre todo a los que nos dan de comer; muerde la mano que te alimenta, se repite Don Ramón que hunde tecla a cinco dedos.

Valle piensa entonces en la forma, en cómo brindar a esa mordida la fuerza suficiente, piensa y repasa la historia de la sátira. Piensa en Cervantes, y en Quevedo, pero sobre todo piensa en el mayor genio creativo que ha dado la patria.

Piensa en Goya.

No de forma consciente, no es un proceso reflexivo el que le hace caer en la cuenta de que Goya es la respuesta a sus plegarías. No. Resulta que Ramón gusta (como buen gallego que es) de comer marisco los martes impares; y ocurre que el mejor marisco que sirven en los madriles se encuentra en el céntrico callejón del gato; y sucede que al salir Valle del bar, con la tripa llena no puede evitar mirar su figura en los espejos circenses de la acera de enfrente.

Y ya la tenemos liada.

Valle llega a casa, se sienta y le cambia la cinta a la olivetti, suena un clac de cargador de munición recien encajado. Valle se sonrié.

Luces de Bohemia es un derroche armamentístico. Es a la literatura lo que la guerra de Irak a la disciplina castrense. Una exhibición. Dejar claro quien tiene los mejores medios, las mejores ideas, el mayor ingenio y los cojones mejor puestos.

Valle se las da de francotirador y no deja titeré con cabeza, carga contra el gobierno, contra los intelectuales, contra los iletrados, contra el lumpen, contra el rey y contra Don Benito Pérez Galdos. La excusa que pone Valle para ejecutar tal sangría es narrarnos el último día en vida de Max Estrella, alter-ego de Alejandro Sawa, también poeta ciego, amigo del autor que las debió de pasar muy putas. Y claro, a Valle que un amigo, listo, leído y talentoso se le muriera en el cenegal infecto de majadería que era la España de la dictablanda le debió hacer maldita la gracia.

Venganza quevediana, tenemos el fondo. La crítica por medio de la sátira, algo totalmente español; tan español como la forma en que el idioma le dará alas a la crítica. Deformándola.

Valle retrata el absurdo forzandolo hasta rozar lo grotesco, desdibuja a los personajes, los convierte en peleles, transforma a las putas, a los taberneros, a los políticos, los ladrones, los poetas en animales mal iluminados por las candiles del Madrid de principios de siglo.

El que sea una obra de teatro o mejor dicho, que el tratamiento narrativo que reciba sea tal no deja de ser una genialidad, la poética queda reducida a las acotaciones y los personajes son usados como marionetas por el autor; no hay psiques detrás de los guiñapos, sólo un Valle que mueve los hilos muy acertadamente, esto puede verse claramente en el diálogo de la escena sexta, entre Max y el Paria, el cruce de palabras entre uno y otro no deja de ser un monólogo, una reflexión que una misma voz lanza. (También se ve muy claramente en el discurso metaliterario sobre lo que es el esperpento).

Valle lanza el dardo, hace diana. Valle subleva la forma, encumbra la literatura como crítica social. Luces de Bohemia es lo mejor que puede hacerse con un nuestro. El equilibrio perfecto entre forma y fondo, la virtud aristotélica llevada a lo artístico; por encima del hombre de Vitruvio, de The Times They Are A-Changing y de Los fusilamientos del tres de mayo.

¡Viva Valle-Inclán, joder!







“Goya es la polla” afirman los mismos amantes del pareado fácil que van por ahí diciendo que “Ray Loriga se la pone como una viga”. Gilipolleces al margen, le debemos mucho a Goya, de forma indirecta y sin darnos cuenta. El esperpento es parte inseparable de la cultura española, la forma más nuestra de contar las cosas, tanto es así que salpica de forma esporádica las páginas de cualquier escritor que se precie; muchas veces incluso sin que nos demos cuenta. Basta pararse a reflexionar para darse cuenta de que hay esperpento por doquier. ¿No? ¿Quién no ha leido algún tebeo de Mortadelo y Filemón? Es el ejemplo más claro, esperpento de manual.

3 comentarios:

  1. Hostia... Si le llego a decir a mi profe de Literatura k Mortadelo y Filemon es un claro ejemplo del esperpento creado por Valle... me pone un diez seguro (le encantaban esa clase de comparaciones)... Lastima no haberte leido entonces...
    ;-)

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  2. Y yo que me alegro de verte por aquí Ana.

    No te pienses Olivier; las profesoras de literatura son muy suyas, recuerdo que a mí en primero de bachiller me suspendieron un trabajo de Luces de Bohemia por (entre otras cosas...) decir que Francisco Ibañez era deudor de Valle-Inclán. Ciertamente era un trabajo bastante heterodoxo.

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