sábado, 22 de octubre de 2011

"Do you want to see my blue cock?"


La literatura (como todo el arte, como lo que no es arte, como la puta vida) para valer la pena tiene que tener un algo que te sobrecoja; algo que te haga levantarte del asiento y soltar entre dientes un: “será cabrón...”.

Toda esa literatura (cof cof Ken Follet, cof cof Vargas-Llosa, cof cof Coetzee, cof cof Don Benito el garbancero) que puede ser leída sin alterar el gesto es una mierda. Es una cuestión subjetiva, está claro: cada uno tenemos nuestro saldo vital; supongo que si eres un cincuentón que ha vivido el apartheid, ha pasado un divorcio y ahora malgasta el tiempo que le queda en lupanares, tienes la obligación moral de decir que “Disgrace” es una puta genialidad.

(Coetzee = putero culto, leído y amargado. ¿Pues no van los académicos suecos y se sienten identificados? Luego claro, que Murakami está en las quinielas. Cuanto hijoputa suelto.)


Pero lo dicho.

A mí Coetzee me deja la polla fría. Ray Loriga sin embargo no, y formalmente, si nos atenemos a esos cánones de corrección ética, estética y sintáctica hay que admitirlo: el tío no tiene ni puta idea de escribir.

Bukowski, Francisco Umbral, Montero Glez, Beigdeber, Oscar Wilde... Me pueden. Me hacen levantarme, releer sus frases. Me hacen gritar para mí un: “mataría por haber escrito esto”. Su literatura (me) vale la pena.

El genio de un escritor tiende a medirse por la cantidad de personas que admiten su talento. Dicho de otro modo. O que te lea todocristo o que los académicos te alaben, si no no eres nadie colega. Pestes de la (in)cultura de masas. Ya se sabe.

Por culpa de cosas así la gente piensa poco menos que la primera pluma de la literatura española está en las curtidas y masculinas manos de Don Arturo Pérez-Reverte. (“¿Vila-Matas? Sí, creo que está al lado de L'Esplugues de Llobregat”). Una guasa.


-. ¿Andrés Neuman?

-. Algo me suena.

-. ¿Pablo Gutiérrez?

-. ¿No jugaba en el atletí?

-. ¿Alberto Olmos?

-. Lo siento. No sapo.


Que ya, que los libros nunca han interesado. Que ya harán la película, el consecuente videojuego y todos nos enteraremos de lo que va. ¿Qué prisa hay?


Muchas ganas de matar.

Eso me despierta Alberto Olmos.


Me hace sentir feo, tonto, engañado, frustrado, enamorado, cachondo, violento. Me hace odiar, a ti, a ellos, a mí. Y lo que más me jode es no poder comentar con nadie sus novelas.

Pues resulta que Alberto Olmos, que aun no ha cumplido los cuarenta y que nos ha regalado cosas tan memorables como “A bordo del naufragio”, “Tatami”, o el “Talento de los demás” ha decidido volver a sus orígenes.


Yipikayei.


Trece años le ha costado. Dos lustros y medio renegando del “A bordo del naufragio” aquel (que nos dejo a todos los que lo hemos leído con la boca abierta y el culo torcido) para al final regresar a la literatura del “me cago en...”. Sin contemplaciones.

Y es que vivimos en un mundo en el que hay tantas cosas en las que cagarse... Y Olmos (bendito sea) tiene mierda para todos.


“Ejército enemigo” habla del compromiso, del mercado, de la solidaridad. De lo pasado de moda que está el cinismo; que ahora hay que ser bueno, hay creer en la democracia y alegrarse por los egipcios y por todos los libios que han muerto.


-.¡A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo y demostrar, que pues vivimos anunciamos algo nuevo!.

-.¿Algo nuevo? ¿Pues no llevamos cincuenta años con lo mismo? Que el “seamos realistas, pidamos lo imposible” ya güele nene.


De eso va “Ejercito enemigo”. Y se disfruta porque en el fondo todos somos escépticos para con el cambio. En el fondo sabemos que hay mucho imbécil que levanta el puño izquierdo y se lleva el derecho a la cartera. Que cuando no tienes para comer, ni tienes tiempo para preocuparte del prójimo ni para quejarte, "oiga, la primera mano que me ofrezca, de esa como".

“La solidaridad ha fracasado” dice Olmos. Y en ese aserto se esconde todo el cuerpo de la novela.

La historia gira en torno a Santiago, un publicista (cuanto nos ha marcado “13,99”...) al que se le muere un amigo. El muchacho en cuestión, que atiende al nombre de Daniel es un vehemente defensor de la solidaridad ciudadana, del vegetarianismo, la revolución, las ONG's.


Vamos, lo que en la Razón llaman un perroflauta.


Daniel deja en herencia a Santiago la clave de su e-mail. Abriéndole las puertas de su vida secreta. “¿Qué mató a Daniel? ¿Por qué se alejó del mundillo del compromiso durante los últimos días de su vida? ¿Sabrá algo su hermana? ¿Me podré tirar a su hermana?”

La literatura de Olmos es reflexiva. Supongo que por eso le tiene ojeriza a Bolaño. En las novelas de Alberto hay bastante más reflexión que acción. Bueno, los personajes chingan, sobre todo al principio y Santiago en su afán por convertirse en Hércules Poirot se recorre todos los bares de Madrid citandose con los testigos. Pero el grueso de la novela es la divagación.

Los personajes hablan sobre internet, sobre la exaltación, sobre la inmigración, sobre los pobres y sus trabajos de mierda, sobre los ricos y su tiempo libre, sobre las niñas guapas y ricas que quieren demostrar al mundo que a pesar de ser guapas y ricas (o precisamente por eso) sienten lástima del prójimo y le quieren ayudar.


El pasaje del video porno creará tendencia.

http://www.xvideos.com/video79659/sexo_prepa_diego_y_prima


Resulta que Santiago, el prota, el cínico, el coco, que folla con chicas jóvenes y guapas sin ser ni joven ni guapo, que vive como los pobres pero llega holgado a fin de mes, que te suelta el discursito de derechas sintiéndose un rojeras más. Pues va ese cabrón y se pone a narrar un video porno, segundo a segundo, plano a plano. Sin obviar detalle.

Santiago habla sobre lo que internet nos ha hecho. Nos ha propuesto un trueque más que interesante. Invade nuestra privacidad, nos convierte, incluso a los seres más anónimos e insignificantes en figuras públicas y... ¿A cambio que?

¡A cambio nos da cosas tan geniales como el porno amateur!

Y para demostrárnoslo nos narra su video favorito. Pero no sólo eso, además tiene la gentileza de linkearlo a pie de página. De verdad. Eso es preocupación por el lector y lo demás tonterías.

(No deja de ser gracioso que haya comentarios citando al libro en la susodicha página porno, para que luego se diga que en este país no se lee. O que cascársela es cosa de bárbaros iletrados).


Como fuere, al margen de todas esas disertaciones sobre como la era post-post-atómica ha trasformado el mundo en un putiferio perpetuo de 50mb de banda ancha, hay mucha divagación política.

Y hacía mucho que un escritor de estas tierras no tenía cojones de meterse a torear en esas plazas. Escritor. He dicho escritor, no tío-que-ha-escrito-un-libro. Es loable, tan loable como enervante.


Cabrea porque las verdades cabrean, desconciertan, marean. Las verdades pesan, por eso perdemos tanto tiempo enmascarándolas, maquillándolas. Pero aquí no hay rimmel, ni bambalinas, ni cortinilla de humo, ni mierdas.

Hay mala leche. Terrorismo callejero. Guerrilla. ¡Fuego! Contra aquel que se enriquece de la desgracia y contra el que se enriquece de contar la desgracia.


Hijos de puta todos. Hasta yo. Qué bien.


¿La moraleja?

Deja todos los cabos bien atados, no vaya a ser que te mueras y algún imbécil se enrede con ellos.




Colectivos que se sentirán ofendidos con la lectura de la novela:

Los onanistas.

Los modernos.

Los pijos.

Los chinos.

Los gitanos.

Los drogadictos

Los profesores de instituto.

Los progres.

Los fachas.

Las mujeres guapas.

Las mujeres feas.

Las mujeres de la limpieza.

Los culturetas que no tienen ideas propias.

Los universitarios que sólo leen a Hesse, Buwkoski, Miller y Pessoa.

Los que no han llegado a la universidad.

Los anarquistas.

Las masas.

Los individuos que se sienten ajenos a las masas.

Los que se la han cascado con el chatroulette.

Las que han provocado por el chatroulette y al final no han enseñado nada.

Los que se han tomado en serio la filosofía.

Los que se han tomado en serio el capitalismo.

Los que se han tomado en serio la vida

Los que se han tomado en serio El Club de la lucha.

Los que tienen un Iphone.

Banksy.

Michael Moore.

Los extremistas religiosos.

Los terroristas.

Los que han perdido a un hijo en una zanja.

Los del atleti.

La niña de la portada.


Qué guapa es la niña de la portada. A esa sí que le hacía yo la revolución.


sábado, 4 de junio de 2011

Cómo escribir novelas para Teletubbies lobotomizados: Haruki Murakami.



Me siento estafado y la culpa es mía: hace cosa de un mes estaba dando vueltas por la Fnac buscando un libro de Vázquez Montalbán que resulta que no tenían (“O César o nada”, pero la cuestión no es esa), la cuestión es que intentando rentabilizar la visita a la tienda de marras decidí comprar un libro que se me antojo interesante. Tokio Blues-Norwegian Wood.

Se me antojó interesante por tres razones:

1º) El título. Hasta la saciedad se ha repetido aquello de que no debemos juzgar un libro por su portada, y es cierto, las mejores novelas de la historia tienen portadas de mierda. Pero con los títulos es distinto; un buen libro tiene que tener por necesidad un buen título. Siendo esta una regla que no se tiene porque cumplir a la inversa, es decir, un mal libro puede tener un buen título... (véase “Tokio Blues-Norwegian Wood”).

2º) La sinopsis de la contraportada. Donde aseguraban que uno de los temas centrales de la novela sería el sexo (apuesta segura, Murakami, colega); resulta que los japoneses son los seres mas depravados sobre la faz de la tierra, si juntan las palabras “deslumbramiento”, “sexo” y “muerte” en un mismo párrafo lo suyo es esperarse escenas tan tórridas y bizarras como para sacarle los colores a Almudena Grandes.

3º) La portada, una japonesa de espaldas, luciendo con sobriedad la ausencia de curvas que es su cuerpo. Gris en el vestir, el gesto de las manos es el de una niña. Sirve para reforzar mis secretas esperanzas de encontrar sexo tórrido y bizarro.


Tusquets editores: sois unos cabrones que lleváis al engaño.

Haruki Murakami: me siento insultado.

Rodrigo Fresán: ¿Hay algún puto libro en el mundo cuyas virtudes no ensalces hasta la nausea?


Hay que ver como está el patio.


En honor a la verdad he de decir que no me he podido acabar el susodicho libro. En la página 127 la sensación de podredumbre cerebral y el hartazgo que cada frase me producía me ha obligado a mandar el libro a tomar por culo.


¿Es tan insoportable Tokio blues?

No, para nada, qué va. Si eres de los que disfruta de las idas y venidas de unos personajes estúpidos y pedantes ten por seguro que la novela te va a encantar. Si esperas personajes coherentes, una voz narrativa sin demasiados ademanes pomposos o una trama que no harte, tendré que recomendarte que no tires diez euros en esta basura.

Tokio blues es la novela-de-juventud que todo escritor de rigor se saca de la chistera a los ventipocos, va de ser joven y sentirse especial, irse de casa, estudiar una carrera, follar con unas cuantas estudiantes universitarias, aguantar a un paria como compañero de habitación, dejar claro al personal que hemos leído a Carver, a Mann y a Scott Fitzgerald y despreciar a los palurdos que no lo han hecho.


Es el tipo de novela que le gustaría a Bolaño (ojo, que a mí Bolaño como escritor me encanta, ahí bien, como lector me parece vil). Porque como muy bien sabía Roberto: ¿Qué cojones importa el estilo si lo fundamental de la escritura es narrar? Contar todo, acción, acción y más acción. Acción como movimiento, verbos. Me levanto, pienso, evoco, meo, me ducho, desayuno, salgo a la calle, miro al perro de mi vecina, ladra, su ladrido me recuerda a una puta balada de Miles Davis y entonces me entristezco, porque me acuerdo de que la chica con la que me acosté la semana pasada era fan de Miles Davis. Pero me sobrepongo, suspiro y me siento en la parada del bus donde miro al infinito y veo la lluvia caer.

Eso es Murakami. El que lo ha leído lo sabe.


En mi afán por demostraros lo malísima que es la novela (a ver si así bajan las ventas del libro y Tusquets pierde el dinero que me robó) voy a citaros un par de pasajes de la novela:

“ hacia que (...) las banderas que se erguían sobre los bajos edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejara al fondo de una melancólica pintura de la escuela flamenca.”

Reflexión de Murakami al respecto: “¿Qué es lo más taciturno que has visto en tu vida Haruki? ¡Las grises montañas que altaneras se yerguen tras los personajes de Van Eyck!”

Hay que joderse, si eso no es preocupación por dotar al lenguaje de dinamismo y credibilidad yo no entiendo de literatura.


Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí.”

Reflexión de Murakami: “Llevo doce páginas de novela y no he usado ninguna figura literaria, lo mismo me viene algún listo con la jodienda de que no sé escribir... Bueno, repito una frase con deje poético y ahí más o menos tengo una aliteración.”

No he transcrito el párrafo entero por pereza, pero cabe decir que la pluma se le desboca y Murakami se nos casca otras quince lineas deleitándonos con repeticiones tan cargadas de lírica como la citada arriba.


En las siguientes páginas, Toru, que es como se llama el protagonista, nos describe el bosquecillo por el que pasea acompañado de una bella joven y nos confiesa, que los oscuros árboles guardan un secreto. Según le cuenta la chica (una pedorra tan tonta que cree que fornicar es una tarjeta de crédito) en mitad del bosque hay un pozo por el que los excursionistas más idiotas se despeñan. No os perdáis las reflexiones de los personaje al respecto:


No sé si existía en realidad o era una imagen o un símbolo que sólo existía para ella.”

Reflexión de Murakami: “Que los personajes se lo den todo mascadico al lector, que lo mismo sino sufren una apoplejía intentando distinguir lo que es pensamiento y lo que es realidad dentro de la mágica red de fantasía que es mi novela”.


-Es muy, pero que muy profundo – decía Naoko escogiendo cuidadosamente las palabras.”

Reflexión de Murakami: “Claro, cuidadosamente, si las hubiera escogido descuidadamente hubiera dicho algo como: pa zanja oscura la que tengo en los bajos.“

A este derroche de magia que nos traslada de lleno a los oscuros bosques del Japón milenario le sucede un diálogo de seis páginas en la que los dos personajes antes citados discuten sobre lo imposible de su amor. Marcando el eje que va a seguir la novela.




Hasta donde he leído, no hay grandes sorpresas, hay mucho diálogo estúpido y bastantes pretensiones que no se cumplen ni de lejos. Por si tenéis curiosidad la trama es la siguiente:


Toru, que vivía en Kobe (una ciudad de provincia japonesa) se traslada a Tokyo para estudiar, deja atrás un pasado convulso: su mejor amigo se suicido, Dios sabe por qué dejando al pobre muchacho más solo que la una. La única compañía que encontró tras semejante pérdida fue la novia del amigo muerto, la pedorra del bosque, a la que quería poner en horizontal-a-cuatro-patas.

Pero tras la escenita del bosque queda claro que eso es imposible, la chica quiere dejarse pero siente que esta mal (como veis el autor, que no para de innovar nos propone un debate rompedor y nuevo entre ética y deseo), pasan los meses y Toru se encuentra a la tía en un vagón del metro, queda con ella de vez en cuando y al final aprovecha que está de bajón para traginarsela. La chica pasa de él, no porque sienta que es un cabrón aprovechado que deshonra la memoria de su amigo, si no porque siente que necesita encontrar su lugar en el mundo. Motivaciones creíbles las de tus personajes Haruki.


Toru, mientras, ha hecho amiguitos en la facul, dos, ni más ni menos, un tartamudo al que putea todo cristo y del que Murakami hace la siguiente (y brillante) reflexión:

“Era el tercer hijo, algo formal, de una familia que no podía calificarse de acomodada. Y hacer mapas era el único sueño que tenía en su vida. ¿Quién podía burlarse de eso?”

(Sí amigos, lo parece pero no. No hay sarcasmo en la frase).

El otro amiguito no es menos extraño, de hecho, el cabrón es más raro que un huevo con cejas, es el típico niño-bien, guapo y popular (cosa que dado su comportamiento no hay quien entienda). Se presenta a nuestro protagonista de la siguiente manera:


Se sentó a mi lado y me preguntó qué leía. “El gran Gatsby” le dije. “¿Es interesante?” me preguntó, Le respondí que lo había leído tres veces y que cada vez lo encontraba más interesante. “Un hombre que ha leído tres veces el gran Gatsby bien puede ser mi amigo”. Repuso, como hablando para sí mismo.”

La tiene morcillona y se ha acostado con setenta y cinco mujeres, suponemos que gracias a su gran... labia.

(Hoy estoy soez, ya, pero es que Murakami tampoco se merece más).

El muchacho en cuestión se llama Nagasawa, y enseña a Toru a seducir mujeres; siendo el alumno aplicado que es a las dos lecciones ya se levanta a una niña rebelde que va a su clase de teatro clásico. No sé como acaba la historia pero me imagino que al final vuelva la chica-tonta del principio y Toru tiene que elegir entre la muchacha dulce a la que quiso en silencio durante toda su infancia o la chica moderna y rebelde a la que ha conocido en la gran ciudad.


Rompedor de cojones y escrito con los mismos. Si a alguien le interesa lo revendo por tres euros. Negociables.


Voy a chutarme a Paco Umbral en vena, después de tamaño atentado a la prosa como que lo necesito.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Las banderas de mi casa son la ropa tendida.



Hasta un nihilista-existencialista-ateo-devora-niños como yo admite que hay quienes parecen nacer con su destino marcado a fuego en el alma. Quiero decir, nadie se imagina a Bob Dylan ganándose la vida de granjero en un pueblucho de Minnesota... ¿García Márquez poniendo copichuelas en un chiringuito de las Barranquillas para poder pagar sus facturas? ¿Scorsese preguntando que si quiero patatas deluxe en mi Mcmenú?


No cuela. No, porque en este mundo nuestro, tan lleno de infamias y escenas de sexo gratuito existen personas que están por encima del resto. Tienen talento. “¿Qué es el talento?” Se preguntó Alberto Olmos en una novela que tituló “El talento de los demás” y que a pesar de no estar a la altura de “A bordo del naufragio” no dejaba de ser curiosa.


El talento es una facilidad innata, sobrecogedora a veces, repulsiva otras tantas, con la que algunos privilegiados son dotados de forma totalmente arbitraria al nacer.


Robe Iniesta tiene talento, Robe Iniesta es uno de los compositores con más talento (y suerte) que ha dado nuestra querida madre patria. Un yonki metido a chapista que sin tener la ESO se descubre como una de las voces poéticas más potentes y personales de su generación.

Y ahí es donde está el problema que ahora hace sufrir a nuestro querido Robe. El sino de este extremeño era (como el de muchos otros) el de ser un enfant terrible; un joven contestatario. Vamos, como todo buen artista que se precie.... Entonces ¿Dónde está el problema?

Pues el problema está en que llega un momento en el que ya no es factible seguir viviendo como si tuvieras veinte años. Le pasó a Sabina, le pasó a Ray Loriga y le pasó a Robe.

A Sabina la senectud le vino de improviso, le dió un chungo y se vió obligado a reinventarse, dejó atrás la golfería, las noches de corchopan y los prostíbulos con su cocaína. 19 días y 500 noches y se acabó. Se hizo mayor y no supo que hacer, lo intentó, publicó Vinagre y Rosas que sonaba mal con los coros de los Pereza y aún peor en directo con la voz de Panchito Varona (pobre, él no tenía la culpa).

Lo de Robe es todavía más extraño. El señor Iniesta parecía el eterno veinteañero, componía, se drogaba, tocaba, se drogaba, volvía a componer, sudaba, follaba, se pedía. Así desde los dieciocho años (criatura), parecía que nunca iba a envejecer, que nunca dejaría de regalarnos joyas como Deltoya o Decidí...

En el 2002 sacó a la venta el que para mí es su 19 días y 500 noches: Yo, minoría absoluta. Un disco redondo, desde la portada irónica e hiriente hasta el último punteo de Puta. Era poesía, gamberrismo, irreverencia y amor mal llevado.

Robe se superó habiendo cumplido ya los cuarenta. A ese discazo le siguieron siete años de calma chica (con dos recopilatorios y una gira de por medio, pero sin material nuevo). Muchos dábamos por muerto al autoproclamado rey de Extremadura.

Y entonces ocurrió. La ley innata.


Un disco difícil, que no lograba calar a la primera escucha. Tenía un sonido mucho más limpio y una lírica más cristalina. Fue como si después de veinte años sirviendo cervezas en jarra te vinieran con champán en copa.

No sabías muy bien como tragarte eso, pero a fuerza de escucharlo una y otra vez al final te dabas cuenta. En jarra o en copa, si lo sirves frío Extremoduro es Extremoduro.

La ley innata fue un éxito de crítica y público, recordaba a Pedrá en lo experimental, a Yo, minoría absoluta en lo acertado de las letras. Letras, que iban y venían de la poesía lorquiana a la bukowskiana con una facilidad pasmosa: “Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas/ se paró el aguacero, ahora somos flotando dos gotas.” canta Robe, para luego declarar que: “Miente el carnet de identidad/ tu culo es mi localidad.”. Simplemente genial, Robe había vuelto.

Parecía haber sobrevivido finalmente a esa crisis artística de la mediana edad que sufren las bestias del rock. Se había reinventado. ¿No?


Sí, pero eso es muy peligroso.

Tanto en la vida como en el arte (cuando se vive y cuando se crea) hay que tener claro que lo que tenemos buscar es una evolución, ojo, no una revolución. Una revolución es reinventarse, es algo con lo que hay que llevar cuidado, es romper con lo anterior para buscar algo nuevo. En términos artísticos es algo que puede resultar muy interesante UNA VEZ.


Me explico.

Partimos de una base: el arte es el cenit de la expresión. Eso mola. Tengamos en cuenta que hay un postulado que no tenemos más remedio que añadir y que dice que el arte, además de ser el culmen de la expresión personal y social, es (más nos jodas) una mercancía con la que se comercia, que un público consume y un mercado regula.

Es decir: “haz lo que quieras, pero si no nos gusta lo mismo no comes”, Extremoduro, ante eso tiraba de insulto fácil: “¿Comer? Lo mismo me comes tú a mí los huevos, atontao”.

Extremoduro fue un grupo que durante quince años no innovó, tenía su sonido, un sonido propio, que bautizaron con sorna como el “Rock Transgresivo”. Al final, cuando se acabo la transgresión el sonido se fue a tomar por culo.

Y entonces, y sólo entonces, fue cuando Don Roberto Iniesta, echándole huevos al asunto se pasó al rock sinfónico; y oye, cojonudo.


Pasan dos años, Extremoduro se mete a grabar su siguiente disco y Robe opta por seguir picando en la yerma mina del rock trasngresivo-sinfónico ¿Sabéis que encuentra? Dos canciones. Una potable y otra notable.


¿El resto del disco?


Yo diría que basura. Pero como de teoría musical no sé un cagao tampoco puedo entrar a valorarlo en profundidad. La parte que me toca, las letras, me parecen de lo peorcito de este señor. Algunos ejemplos:

“Dar contra un muro pa´poderlo derribar,/que seguro nos depara una sorpresa/si te atreves, yo me atrevo a atravesar”

Cito por citar, no es la frase más horrible, tampoco lo mejor, es la frase “tipo”, más o menos en esas se anda el disco. Y no, no es que haya cogido media estrofa, es que la estrofa no tiene mucho sentido y además adolece de uno de los defectos más horrible de poeta primerizo:

Frases rimbombantes que quedan forzadas para lograr así la rima.


Atención:

Se hace largo el camino sin ti,/ al diablo, que ya no quiero seguir./Y sin pedirle nada a cambio,/al diablo el alma le di.”

Aparte de la repetición cacofónica de la palabra diablo (como nombre propio y como interjección, vaya juegazo de palabras, jojojo) nos encontramos un último verso sintácticamente extraño, en el que se busca la rima ti-di.

Musicalmente me suena a refrito. Ya digo que no sé de teoría musical, que no sabría decirte si es que las escalas están recicladas o es que el Uoho es un guitarrista de pocos recursos pero tengo la sensación de que están usando riffs que se quedaron fuera en la Ley Innata y que no es plan de desaprovechar...


Sólo le encuentro dos peros:

-. “Otra inútil canción para la paz”, que instrumentalmente me recuerda a ese sonido tristón, de bajo y saxo de “¿Dónde están mis amigos?” (suena parecida a “Malos pensamientos”) y cuya letra no es mala; tiene frases bastante acertadas muy en la linea de a lo que nos tenía Robe acostumbrados (“No me amarga el sabor de la derrota/ del fracaso he sido compañero/ me acurruco al calor de mis pelotas/ y me fijo en como les crece el pelo”).


-.La otra buena canción del disco es “Tango suicida”. Ahí sí que innovan, la canción empieza con una caída circense para recuperarse y entre unos pianos muy argentinos y unas guitarras muy “made in Extremoduro” crear algo chocante. Si el disco hubiera seguido la linea de esta canción, musical y poéticamente, no me parecería el peor disco de los Extremoduros.

Pero es lo que hay.


"¿Cómo quieres que escriba una canción?" Pues desde luego como has hecho en este disco, no.

"See you, space cowboy".




Pretendía yo, finiquitar el asunto de mis cinco libros, pretendía tomarla hoy (de hecho ayer) con el ya citado señor Cortázar; meterme a saco con su Rayuela y escarbar a ver que sacaba, pero resulta que tamaña prospección literaria requiere (por cojones) una relectura, aunque sea en diagonal, del fantástico laberinto de espejos, recortes de prensa y cajetillas de cigarros que supone la obra cumbre del gran cronopio.


“Y no te ha apetecido.” Os estaréis suponiendo a estas alturas, no muy equivocadamente... Realmente me apetecía, pero resulta que andaba yo enfrascado en la lectura de una novela de un tal Lérmontov, una historia fragmentada de épica romántica que titula “Un héroe de nuestro tiempo” y una vez acabada tuve un sueño muy extraño. Jugaba a los dardos y hablaba de la susodicha novela, era una sala de estar espaciosa, conversaban conmigo Raskólnikov y Chris Stevens (el locutor de radio de “Doctor en Alaska”), bebíamos cerveza y cantábamos canciones de Extremoduro. Al trincarnos los dos casquillos me ofrecí a bajar al chino de la esquina a por más birra. Chris se me quedo mirando y no pudo evitar echarse una carcajada a mí salud. “¿Al chino de la esquina?¿A caso sabes dónde estamos?” me preguntó dejando escapar una risilla socarrona. Yo negué con la cabeza, no tenía ni idea. Rodion suspiró. “Estás a bordo de la Bebop”.


Dejando las lecturas freudianas al margen he de decir que me hizo gracia el sueñecito. Tanta que lo voy a usar como guía de contenidos para el blog. Sí. He decidido hablar de Cowboy Bebop, del último disco de Extremoduro, de Doctor en Alaska, de Crimen y Castigo y de Jim Jarmusch.


Ya, Jim Jarmusch no sale en mi sueño, pero recordemos dos cosas amigos:


1º-. Ghost Dog, Dead Man, Coffe & cigarettes, Down by law y Extraños en el paraíso son peliculones, que me dan pie a hablar de gentes tan geniales como Benigni, Tom Waits o Neil Young.


2º-. Este blog es mío, ergo, hago lo que me da la gana, cuando me da la gana y como me da la gana. Cómo si me da por ponerme a reseñar tebeos de Superlópez...


Así que sin más preámbulos empecemos:


¿Quién es Shinichiro Watanabe? Si vuestra respuesta ha sido: “Un chino de nombre impronunciable” sumaos un punto. Estáis en lo cierto. O casi.


Watanabe es un director de animación japonés, ojo, director, que no dibujante. La verdad es que intentar acercarse a este tío puede resultar difícil; para mí por lo menos lo fue. Tengo (o tenía) cierto prejuicio, me cuesta aceptar que un anime puede ser algo más que un entretenimiento ramplón y simplón. (Y conste que lo digo como confeso devoto que soy de los Frank Millers, Alan Moorres y Warren Ellises del mundo).


Hay mucho amante del manga, mucho “otaku” que encumbra series de mierda. Que si Hellsing, que si Death Note, que si Evangelion y que si la rehostia en conserva. Es una chorrada, Pokemon es Pokemon, no mitifiquemos, abstengámonos de dar el estatus de “obra de arte” a un mata-tiempo...


Con esa idea me puse yo a ver Cowboy Bebop. A los cuarenta segundos ya me lo estaba replanteando. ¿La razón? Una intro brutal, trompetas, saxo, unos bongos y un bajo molón, haciendo una autentica jazz jam. Te quedas irremediablemente prendado, piensas en Charlie Parker, y en Tom Waits y según vas viendo más y más te das cuenta de que no estabas muy equivocado.

( Compruébese: http://www.youtube.com/watch?v=T6zDfxZ4NcE )

Cowboy Bebop es cine negro con toques de espagueti-western, una estética steampunk y una banda sonora maravillosa. MARAVILLOSA. Repito. MARAVILLOSA. Y es que si algo hay que destacar de la serie en cuestión es la gama de sonidos que marcan el tempo y ritmo de los combates, persecuciones y escenas de bar que se van sucediendo. Nos topamos con el blues más puro de armónicas lastimeras, funk de bajo peleón, jazz con saxos enarbolados o incluso con folk-rock muy en la linea de Neil Young. Una autentica joya.


Las animaciones no desmerecen, los personajes se mueven de forma coherente, gesticulan, parpadean, su pelo hondea con el viento... Puedes sumergirte en la historia, creerte que los cuatro trazos que delimitan las figuras del protagonistas son lineas de carne y hueso.


El argumento es sencillo. Watanabe no se complica y hace bien, entiende que los clichés son clichés porque bien usados funcionan. Cowboy Bebop narra las aventuras de unos cazarrecompensas, los aguerridos tripulantes de la nave espacial “Bebop”, así bautizada por la admiración que el capitán (un rudo ex-policía de nombre Jet) siente por la figura del gran Charlie Parker.


La Bebop pues, se convierte en el eje en torno al cual las vidas de los protagonistas se articulan. La figura principal correspondería (por carisma, más que por peso en la trama) a la alargada sombra del joven Spike Spiegel, antiguo criminal que intenta dejar su turbio pasado atrás fingiendo su muerte y rehaciendo su vida como cazarrecompensas. Es un personaje que irradia patetismo, embutido en un traje arrugado, dando caladas nerviosas a un cigarro a punto de partirse, pero bajo esa coraza de cinismo narcisista nos encontramos con un romántico, con un hombre al que su pasado impide vivir como quisiera; sólo la esperanza, el creer que es posible superar los errores y rehacerse le hace seguir adelante.


Y es que en el fondo de eso va Cowboy Bebop. De mirar con un ojo al pasado y con el otro al futuro. Los tripulantes de la Bebop son unos desheredados, unos fuera de la ley que buscan encontrar otra oportunidad...


Jet (el ya citado capitán) que perdió el brazo en sus años en el cuerpo, años en los que conoció el desamor y la traición; Faye, la femme fatale del grupo, criogenizada a principios del siglo XXI despertó en un mundo que no era el suyo sin recordar nada de su vida anterior, debía dinero a propios y extraños y se vio empujada a la mala vida... Como contrapunto cómico tenemos a Edo, una joven genio de la informática que se pasa las tardes tumbada a la bartola jugando al ajedrez con el perro de la nave, Strut.


El motor de la trama es la supervivencia de los personajes, son capítulos cortos, de veinte minutos y autoconcluyentes. Flashbacks que se van alternando con misiones de busca y captura. El resultado: una de las mejores piezas del cine negro de finales del siglo pasado. Combates marciales que parecen sacados del Furor del dragón, lánguidas conversaciones en la barra de un bar que podría perfectamente protagonizar Humphrey Bogart, naves espaciales ardiendo más allá de Orión...


Es un cóctel perfecto, que se agita solo.




I think it's time we blow this scene. Get everybody and the stuff together. Ok, 3,2,1 let's jam.”



domingo, 15 de mayo de 2011

(Mis) Cinco libros fundamentales, vol. 3



Incluye "breve" disertación sobre el eterno debate entre fondo y forma. Cuestión profundamente ligada a la obra "Luces de Bohemia", de la que trata a fin de cuentas este post.





Ser español es una de las cosas más extrañas que te pueden pasar en la vida. Ser español es cargarse a la espalda tres mil años de historia, de derrotas, de cainismo. Tres mil años de hacer de tripas corazón, de no recular o de tragarse los cojones. Ser español es una paradoja, es vivir una pelicula de José Luis Cuerda, es minusvalorarse, aceptar complejos heredados y vivir bajo el más estricto de los chovinismos.

Lo mejor de ser español es que junto con la nacionalidad, al nacer te regalan la posibilidad de aprender el idioma más maravilloso del mundo. Un arma con una capacidad de evocación comparable al cuerpo de Heidi Klum.

Si no fuese porque nos va demasiado el rollo de Nazareno autoflagelante, ser español sería la hostia. A fin de cuentas, es poder leer a Cervantes, a Quevedo, a Borges, a Cortázar, a Neruda, a Aleixandre, a Lorca y a Valle en versión original.

Lo mejor que ha dado España es el español, el español y Goya. Y hace un siglo, Valle decidió mezclar una cosa y la otra para crear el esperpento.

El esperpento es un juego de fondo y forma. Lo que sirve también para zanjar el duelo que tenía a las plumas de nuestra literatura enfrentadas desde los tiempos de Góngora.

¿Fondo o forma?

Cervantes optó por el cómo; es una reflexión que solemos obviar pero Cervantes era culteranista. La novela moderna bebe de dos fuentes, de dos genios como son Cervantes y Shakespeare, cada uno aporta lo que le toca aportar: Shakespeare los personajes, los temas, el eje, desarma al ser humano. Shakespeare introduce en la literatura la importancia de la psicología, del fondo, por encima de la forma.

Cervantes sin embargo revoluciona la forma, da significado al verbo narrar y convierte al narrador en artista, en un titiritero que danza con las palabras, que juega con el lenguaje. Cervantes en el Quijote recapitula, crea distintas visiones del mundo (pensemos en la Dulcinea, dulce dama y basta campesina) que enfrentan el punto de vista de los personajes. Hay metaficción, el propio Cervantes sale en el Quijote trescientos años antes de que se le ocurra a Unamuno hacer lo propio en Niebla.

Pero reconozcámoslo, no hay una trama creativa, no hay un fondo, un “algo” que quiera contarnos el autor. Cervantes se limita a crear a un personaje que (si bien es innegablemente inmortal, carece de motivaciones, es cierto que Cervantes soluciona esto imbuyendo de irracionalidad la conducta del hidalgo pero afrontémoslo...) se limita a campar por el mundo y a despertar en quienes le rodean disparatados contrastes.

Tenemos pues un autor que revoluciona la forma. Este país siempre ha sabido engendrar grandes “embaucadores”, narradores que saben crear atmósfera y jugar con las posibilidades de la letra escrita.

Tenemos de forma innata el “cómo”, nos falta el “qué”.

O eso pensabamos hasta que un poeta bravucón decide reivindicar el fondo inherente a todo español. Es un hombre lanzado, poco dado a ademanes compasivos, un castellano de esos que nos hicieron a base de pólvora y huevos ser los dueños de medio mundo.

Se llama Francisco de Quevedo y entiende que lo único digno que puede contar un español parte precisamente de esa riqueza léxica. Usará el ingenio, los juegos de palabras y los retruecanos, no como papel de celofán que envuelva sus flechas, sino como silex y yesca que encienda su mosquete.

Quevedo escribe para hacer daño. Para transgredir, para quejarse y para intentar que las cosas cambien.

Y entonces va Góngora, que viste lencería de mujer y tiene una nariz que no se la merece y lo tacha de zafio y desleal. “Siempre podrá usía, con gran alegría, agacharse con reverencia y chupar con maestría” le contesta Don Francisco, que gusta de insultar a quien le toca los cojones.

Pero el debate está abierto, y es una muestra más de como nos las gastamos en este país, creamos una polémica, una duda entre si darnos por entero al cómo o al qué, si entregarnos a la realidad o al simbolismo, al concepto o al lazo que lo cubre. Tenemos el combustible inagotable de nuestro idioma pero dudamos de si ponerlo al servicio de un tractor o de una noria.

Cervantes mientras se parte el ojete en su tumba.






Igual que el jovén Ramón. Ramoncín que lo llamaban antes de perder el brazo. Otro poeta de lirismo inguinal y mala hostia evangélica, bravucón como Quevedo y amante de la lencería fina como Gongora.

“Eu vin, viu e venceu”. Comenta Valle, amante a ultranza de los latinismos, pues se ha dejado el culo leyendo todo lo que ha dado está casa de locos que tenemos por nación y entiende que la sátira la invento Séneca, que si bien aun no hablaba en castellano tenía deje andaluz.

Valle sabe que no hay debate, que el fondo es claro, lo único que podemos hacer con un arma como nuestro idioma es criticar, a nosotros, a quienes nos rodean y sobre todo a los que nos dan de comer; muerde la mano que te alimenta, se repite Don Ramón que hunde tecla a cinco dedos.

Valle piensa entonces en la forma, en cómo brindar a esa mordida la fuerza suficiente, piensa y repasa la historia de la sátira. Piensa en Cervantes, y en Quevedo, pero sobre todo piensa en el mayor genio creativo que ha dado la patria.

Piensa en Goya.

No de forma consciente, no es un proceso reflexivo el que le hace caer en la cuenta de que Goya es la respuesta a sus plegarías. No. Resulta que Ramón gusta (como buen gallego que es) de comer marisco los martes impares; y ocurre que el mejor marisco que sirven en los madriles se encuentra en el céntrico callejón del gato; y sucede que al salir Valle del bar, con la tripa llena no puede evitar mirar su figura en los espejos circenses de la acera de enfrente.

Y ya la tenemos liada.

Valle llega a casa, se sienta y le cambia la cinta a la olivetti, suena un clac de cargador de munición recien encajado. Valle se sonrié.

Luces de Bohemia es un derroche armamentístico. Es a la literatura lo que la guerra de Irak a la disciplina castrense. Una exhibición. Dejar claro quien tiene los mejores medios, las mejores ideas, el mayor ingenio y los cojones mejor puestos.

Valle se las da de francotirador y no deja titeré con cabeza, carga contra el gobierno, contra los intelectuales, contra los iletrados, contra el lumpen, contra el rey y contra Don Benito Pérez Galdos. La excusa que pone Valle para ejecutar tal sangría es narrarnos el último día en vida de Max Estrella, alter-ego de Alejandro Sawa, también poeta ciego, amigo del autor que las debió de pasar muy putas. Y claro, a Valle que un amigo, listo, leído y talentoso se le muriera en el cenegal infecto de majadería que era la España de la dictablanda le debió hacer maldita la gracia.

Venganza quevediana, tenemos el fondo. La crítica por medio de la sátira, algo totalmente español; tan español como la forma en que el idioma le dará alas a la crítica. Deformándola.

Valle retrata el absurdo forzandolo hasta rozar lo grotesco, desdibuja a los personajes, los convierte en peleles, transforma a las putas, a los taberneros, a los políticos, los ladrones, los poetas en animales mal iluminados por las candiles del Madrid de principios de siglo.

El que sea una obra de teatro o mejor dicho, que el tratamiento narrativo que reciba sea tal no deja de ser una genialidad, la poética queda reducida a las acotaciones y los personajes son usados como marionetas por el autor; no hay psiques detrás de los guiñapos, sólo un Valle que mueve los hilos muy acertadamente, esto puede verse claramente en el diálogo de la escena sexta, entre Max y el Paria, el cruce de palabras entre uno y otro no deja de ser un monólogo, una reflexión que una misma voz lanza. (También se ve muy claramente en el discurso metaliterario sobre lo que es el esperpento).

Valle lanza el dardo, hace diana. Valle subleva la forma, encumbra la literatura como crítica social. Luces de Bohemia es lo mejor que puede hacerse con un nuestro. El equilibrio perfecto entre forma y fondo, la virtud aristotélica llevada a lo artístico; por encima del hombre de Vitruvio, de The Times They Are A-Changing y de Los fusilamientos del tres de mayo.

¡Viva Valle-Inclán, joder!







“Goya es la polla” afirman los mismos amantes del pareado fácil que van por ahí diciendo que “Ray Loriga se la pone como una viga”. Gilipolleces al margen, le debemos mucho a Goya, de forma indirecta y sin darnos cuenta. El esperpento es parte inseparable de la cultura española, la forma más nuestra de contar las cosas, tanto es así que salpica de forma esporádica las páginas de cualquier escritor que se precie; muchas veces incluso sin que nos demos cuenta. Basta pararse a reflexionar para darse cuenta de que hay esperpento por doquier. ¿No? ¿Quién no ha leido algún tebeo de Mortadelo y Filemón? Es el ejemplo más claro, esperpento de manual.

(Mis) Cinco libros fundamentales, vol. 2


(Léase la entrada anterior para seguir el estúpido hilo creado por el autor)


Bien, tenemos el tapiz a medio tejer, los modernistas, que fueron a Europa, para vivir y así poder escribir, han vuelto a casa, porque son mayores y cuando uno se hace mayor en su corazón resuenan con fuerza las canciones de cuna de su tierra natal.

En su tierra natal los modernistas se encuentran a una bandada de alborotadores, que han bebido de las ubres metafóricas de Henry Miller y que con Kerouac a la cabeza van por ahí drogándose y follando. Son jóvenes feos e histriónicos; Hemingway piensa que si fuese diez años más joven cogería la escopeta y les daría caza uno por uno. (“Ah, Ginsberg, llenaría tu culo de bujarra con metralla del calibre cuarenta y tres” solía relamerse Ernest.). Pero Ernest está mayor y pasa de vendettas. Sabe que esos jóvenes le sobrevivirán, y le jode, porque considera que lo que hacen es completamente intrascendente.

Mientras Dean Moriarty cruza el país en busca de mujeres fáciles y ácido barato un tal Charles Bukowski entra a trabajar en el servicio postal de Los Angeles. No es como esos beats amantes de la farándula, Bukowski ejemplifica el tipo de escritor ya citado en el post anterior. Lo que podríamos calificar como la antítesis de Hemingway, es solitario, es ácido, es alcohólico, mujeriego y sexualmente frustrado. (Hostias, a lo mejor no es tan diferente al viejo Ernest).


Charles ha leído a Miller, como todos sus coetáneos pero también ha leído a Fante (gracias Anagrama una vez más por editar y traducir a autores que los melómanos literarios necesitamos para ser felices, mando un besito a Jorge Herralde). Fante pertenece a esa generación que vivió las desgracias de dos guerras mundiales, era italo-americano, como Marlon Brando en el padrino, y debía de ser idiota o masoca. Mientras Hemingway, Miller y compañía, huían de la ruina y se daban a los placeres de la vida golfa, Fante hacía frente a la gran depresión emigrando a Los Ángeles.

En Los Ángeles John Fante decidió convertirse en escritor. Hay ciertas personas que hacen un trato con la historia (o con el diablo, vaya usted a saber), es un cambalache umbraliano, dado que hay quien no puede ofrecerle nada a la literatura deciden convertirse ellos mismo en literatura.


Me explico: Cortázar. Cortázar se levanta un día y dice: “Ché, me apetese revolusionar la literatura, imaginar lo que nadie imaginó, contarlo con misterio y convertirme en un cronopio” y la Literatura lo escucha y se sonríe, porque sabe que ese argentino de mirada dispersa es un genio que va a hacerle diabluras impensables, la va a poner a cuatro patas y la va a hacer gemir como una perra.


A quince mil kilómetros de ahí , treinta años más tarde tenemos a un joven de provincia que llora en su habitación realquilada de Madrid, se llama Francisco y acaban de rechazarle una novela. Él no es un genio, no sabe crear mundos con sus palabras así que tumbado y derrotado grita al techo de la habitación: “Yo no te ofrezco las mieles con las que místicos y exégetas te cubren, yo te ofrezco mi sangre, mi vida y mis entrañas, mi historia. A mí, me convertiré en literatura con mis mentiras y mis deseos; será literatura mi recuerdo y el de mi hijo muerto, no me recuerdes por lo que daré al mundo recuérdame por lo que te daré a ti”.


Fante regala su vida a la literatura. Bukowski, años después, tras haber leído a Fante, y a Céline, y a Henry Miller, también.


Lo de Bukowski es completamente atípico, a mí parecer es uno de los narradores más torpes y mediocres del siglo pasado. La herramienta de todo escritor es su idioma, Bukowski, como queda patente en su poesía, no domina el suyo pero es que además le da igual no dominarlo, él considera que su vida, la vida del hombre que se hace poeta, que se emborracha y ama sin sentirse saciado o querido, es literatura independientemente de como se cuente.

Bukowski escribe un montón de libros sobre eso. Sobre su polla. Bueno, sobre la polla de Chinaski, sobre los coños que come, los apuestas que pierde y el whisky que bebe.


Así se pega toda la vida, que por otro lado es larga, demasiado larga como para dedicarla sólo al sexo y la priva. Al final se arrepiente, nunca lo admitió, nunca convocó una rueda de prensa para admitir que la vida que llevo fue estúpida y vacia ¿Qué hombre sería lo suficientemente valiente como para hacer eso? No. Charles se resarció de otra manera.


Escribió Pulp.

Escribió Pulp en el momento justo en el que tenía que escribirse, contando justo lo que tenía que contar, desvelando que su mente a pesar de la masiva ingesta de la alcohol seguía estando lúcida.


Pulp es extraña, es una novela negra, surrealista por momentos y extraordinariamente casta si tenemos en cuenta quien la escribió. La trama es sencilla, Nick Belane, un detective privado de Los Ángeles recibe la visita de una escalofriante dama, ni más ni menos que la Muerte en persona, que embutida en uno de esos trajes largos y prietos le pide que la ayude a encontrar al viejo Céline que se ha escapado de sus garras.


Bukowski tiene que ayudar a dar sepultura a Céline, un autor francés que gracias a la obra del propio Bukowski se ha convertido en ineludible autor de culto. La historia sigue, la muerte reclama lo suyo, Bukowski morirá, como murió Céline, y la prosa de ambos será vencida, remplazada por la de jóvenes que tendrán que superar la (ya) manida tendencia del realismo sucio.

De eso va Pulp. De saber irse con elegancia de un mundo de arrastrados. Bukowski lo fue como él que más, un beodo, un patético y un patán; pero en el último momento se quitó la máscara. Sabia escribir, sabia contar historias, él era tan sólo un personaje.


A Bukowski lo mató la leucemia. A Chinaski se lo cargó Pulp.


NdelA. Dos reflexiones antes de callarme de una puta vez. Tarantino escribió y dirigió Pulp Fiction (un homenaje también a esa “Serie B literaria” de principios de siglo) al mismo tiempo. Cierto es que Pulp se publicó más tarde (en el 96) pero la concepción y creación de las dos obras es simultánea. ¿Es posible qué Hank y Quentin viesen el devenir de la ola al mismo tiempo? Quiero decir... ¿Es posible qué ambos se diesen cuenta de cual debía ser la tendencia de la nueva literatura? Es una coincidencia curiosa.

Para terminar, uno de los autores que a día de hoy goza de más prestigio alabó de forma indirecta esta obra bastante desconocida y en general despreciada por la crítica especializada. Hablo de Bolaño, que a lo hora de bautizar a su alter ego en “Los detectives salvajes” optó por el extraño nombre de Belano. Un detective, que en realidad es escritor y que suena misteriosamente parecido a Belane. ¡Qué cosas!


Y yo a ver si no tardo tanto en volver a actualizar.


Sobre pulpa y LSD.

(Me permito hacer una breve explicación histórica, que sirva para contextualizar y entender el por qué considero Pulp de Bukowski como mi segundo libro fundamental.)


Pulp es ante todo una palabra, de cuatro letras, sonora, que Tarantino intentó mitificar y las empresas de zumo erradicar. Ni tanto ni tan calvo oigan.

Pulp es la caspa, la novela cutre de quiosco, la historia del bueno (que no es tan bueno, porque si fuese tan bueno a estas alturas no nos interesaría) que lucha contra los alienigenas, o contra la mafia, o contra cualquier otro colectivo encuadrable en lo fácilmente topificable.

El pulp es hacer las cosas fáciles, contar el cuento de siempre sin creernos Cortázar o Tolstoi. Obvia decir que el noventa por ciento del pulp escrito está irremediablemente destinado a acabar haciendo las veces de muleta de alguna mesa cojitranca; pero es innegable admitir que hay buen pulp, igual que hay buen pop y hasta buen cine español. Jack London, Conan Doyle o O. Henry hicieron sus pinitos en el las revistas de pulpa

Twain, posiblemente el cuentista con más jeta que ha dado el estado de Missouri dejó para el recuerdo la que a mí parecer pasa por ser la historia más bizarra del género; “Un yanqui en la corte del rey Arturo” (que fue hace no mucho cruelmente violada y destripada para engendrar “El caballero negro” de Martin Lawrence, peli que desde aquí recomiendo a todo aquel que esté por algún tipo de motivo cumpliendo penitencia).

Historias de domingo por la tarde, nada que vaya a hacer que nos replanteemos la vida, el pulp es a la literatura lo que el telefilme al cine. Entretenimiento sano y sin pretensiones.

Un género chico, que a lo largo del siglo veinte fue decayendo; los escritores, esos seres celestiales, empezaron a ser acunados entre los laureles de la genialidad, adquiriendo la falsa idea de que la creación artística pasaba por ser algo serio, trascendental.


Cosa que no deja de ser en ocasiones una paradoja: ¿Por qué cojones se tomaba Albert Camus la vida lo suficientemente en serio como para escribir el amargo drama que es “El extranjero”?

(Nota del autor sobre enseres literario-históricos; dirigida a los niños y demás seres indoctos e infectos: “El extranjero” es un cuento que mesié Camus se sacó de la manga y que habla de lo absurdo del mundo allá por los cincuenta del siglo pasado, yo lo que no entiendo es como Camus no se dio cuenta que ante el absurdo el único escudo posible es el sentido del humor. El pobre hombre prefirió la autocomplacencia y se hizo escritor.)


Me estoy yendo por los cerros de Úbeda. Como iba diciendo, siglo XX, London, Conan Doyle, Twain y compañía van muriendo, como Dios manda, pero la historia sigue sin ellos, surgen narradores nuevos que los críticos e historiadores catalogan de modernistas. Los modernistas anglosajones, hijos bastardos del pulp de principios del siglo pasado que no dudan en cruzar el charco y perderse en la bohème parisina. Estamos hablando del periodo de entre-guerras, y de fulanos de la talla de Hemingway, Faulkner, Scott Fitzgerald y los Miller.

Los Miller, ahí quería llegar yo. Por un lado Arthur, “La muerte de un viajante” es todo lo que sé de él, no me interesa y no me he parado a pensar en la literatura que es deudora de su estilo. Por otro lado Henry.

Henry Miller mola, de la misma manera que puedo afirmar que Céline mola o que Pacumbral mola.


¿Y por qué mola toda esta gente?


Porque son duros, son sucios, son viscerales. En los libros que te hacen leer en la escuela no hay depravación. Bueno, hay poca depravación, en proporción menos de la que te puedes encontrar en la tele o en internet. Ni que decir tiene que menos que la que verás en la vida real,

Umbral, o Céline, o Miller (Henry), son gente depravada; no son buenos, les odiaríamos si fuesen nuestros padres, pero molan, son cobardes y mentirosos, cínicos. Pero a la vez son valientes, son íntegros y en esa dicotomía para mí está la quinta esencia de lo humano (y por ende de lo literario).

Miller escribió sobre la Francia de entreguerras en “Trópico de Cancer”, había sexo, había desamparo, hay miedo. Hay una voz, una voz que tan pronto admite que se siente sola como comenta que le ha salido un grano en la punta de la polla.


A Henry Miller lo tacharon de pornográfico por contar sin pelos en la lengua lo que era la vida, por no suavizar las escenas de sexo, hablaba de la fricción, del sudor y de los pelos. No sólo de eso, pero eso fue lo que llamó la atención.

Lo que llamó la atención de jóvenes americanos al otro lado del charco, jóvenes transgresores y decididos (jóvenes que sabían ser jóvenes). Jack Kerouac se quedó con el culo torcido al leer las perversiones y reflexiones de Miller, tanto fue así que lo tomó como maestro sin dudarlo.

Y Kerouac engendró a Wolfe y Wolfe engendró a Thompson y Thompson se voló la cabeza de un tiro cuando George W. Bush ganó las elecciones hace siete años.

(Contextualizado, empiezo pues a hablar de Pulp, de Charles Bukowski)


martes, 22 de marzo de 2011

(Mis) Cinco libros fundamentales, vol. 1






¿Qué por qué creo que “El viejo y el mar” es la mejor novela jamás escrita?

Supongo que en gran parte tiene que ver el odio visceral que siento por el concepto (irónicamente comercial) de novela total. La “novela total” es en palabras de un sabio decimónonico aquella que abarca lo inabarcable, que habla de cada centímetro del mundo que rodea a sus personajes y baila de un género a otro.

Inevitablemente suelen ser tochazos que se desparraman a lo largo de cientos y cientos de páginas de idas y venidas tragicómicas. ¿El ejemplo más claro? La Biblia.

Dejando a un lado el dictado divino y acercándonos a plumas más mundanas tendriamos que si el Quijote, el Úlises, los Hermanos Karamazov, Guerra y Paz... vamos, los típicos libros que se coge uno para pasar la tarde en la piscina.

“¿Y qué tienen de malo las novelas totales?” Sus preguntareis. Veréis, está claro que para gustos colores, pero aquí uno cree en aquel dogma de guionista primerizo de que: “Si quitas algo y la historia no se resiente es que sobraba”.

Ahora hagamos un experimento:

Cojamos el Úlises, tijeras en ristre y hagamos una poda. Todo párrafo que no aporte una información, un lírica oportuna, un hecho relevante pá fuera. (¿Cuatro páginas reflexionando sobre por qué de niño te resultaba evocadora la palabra Gibraltar? Puedes metértelas por el culo, querido Joyce.)

No hay huevos a hacer lo propio con “El viejo y el mar”.

O puede que los haya, vale, pero si tienes un mínimo de sentido común la poda se quedará en un par de párrafos. A lo mejor alguno del principio en los que el viejo le demuestra su rudo afecto de anciano lobo de mar al muchacho que le da de comer.

El noventa y nueve por ciento de las palabras escritas en “El viejo y el mar” son intocables. Inamovibles. Es como si Hemingway tras sacar de un enorme bloque de mármol una figura perfecta hubiera seguido cincelando. Raspando primero la piel, luego los músculos y deteniendose en el esqueleto, en el pilar mismo del relato.

¿Para qué cojones hablar de el pueblo y la extraña relación que el pescador guardaba para con sus gentes? ¿Para qué explayarse en insípidas anécdotas de infancia? Al lector le importa un carajo si es un trauma de juventud lo que lleva al pescador a no rendirse. Lo importante es que no se rinde.

Porque amigos, “El viejo y el mar” no es un relato de pesca rescatado del foro postal de “Jara y Sedal”; “El viejo y el mar” es la mayor fábula moral de la literatura contemporanea.

Y me explico:

Fábulas morales hay muchas; cientos, miles, casi la totalidad de los libros escritos pueden a fin de cuentas interpretarse como fábulas morales. Luchas (internas o externas) entre dos fuerzas antagónicas. Jeckyll y Hyde, Holmes y Moriarty, Quijano y Quijote, Frodo y Sauron...

Hemingway huye de esa moral obsoleta, simplista y ridícula. Y es curioso: démonos cuenta de que ese planteamiento, que pone el valor y la libertad del hombre por encima de los conceptos dogmáticos de bueno y malo es algo que Cervantes ya tenía asumidísimo. Don Quijote es un individuo; un ser que decide su propio destino, que a diferencia de los héroes clásicos reniega de un final prefabricado y envasado al vacio, un ser que incluso se reinventa y que como el pescador cubano de Hemingway no acepta su derrota.

Tal vez la frase que más trascienda, o más debiera trascender es la mítica “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. Ahí se esconde todo el dogma de fe de Hemingway. De un señor al que tenemos que ver como lo que es. Posiblemente uno de los últimos grandes aventureros. Periodista freelance, soldado infatigable, socialista de pro, cazador de leones, boxeador amateur y alcohólico suicida.

Es curioso que un tipo tan aparentemente tosco, bruto y agresivo tenga una de las prosas más cuidadas y diáfanas que he tenido el gusto de leer. Hay mucho lirismo en las páginas de Hemingway, y no es un lirismo recargado, culteranista, al estilo del veintisiete o del Umbral de “Mortal y Rosa”.

Es más parecido al misticismo de Hesse, a esa tendencia a perderse en lo natural, a centrarse en lo autentico, a resaltar la belleza que se esconde en la simpleza de una verdad. Muy rollo “Siddartha”, tal vez la principal influencia de Hemingway en el momento de escribir el libro.

Un momento de exilio forzoso, un momento de evocación, de soledad, el momento de mirar hacia atrás y hacer recuento de daños. El momento en el que una bestia herida suelta su último zarpazo.

Creo que “El viejo y el mar” es la mejor novela jamás escrita porque es la que mejor encarna el concepto de “novela total”; y encima lo hace huyendo de los convencianalismos propios de este pseudo-género ¿Qué más se le puede pedir?

Es una vida plasmada en papel, una vida hecha LITERATURA; desdibujada, puesta a contraluz y vuelta a pintar. Ciencuenta años de lucha, de amor, de miedo, de tropiezos y de victorias trasladados a un bote que flota mecido por las olas en mitad de la bahía de la Habana.

La parábola es la mayor arma del que quiere abarcar lo inabarcable. Cervantes lo sabía, Hemignway también; alguien podría haber tenido la deferencia de explicárselo a Joyce...